La circuncisión¿Un rito de pasaje o un símbolo de identidad?

La práctica de cortar circularmente el prepucio del pene no es particular del pueblo de Israel. Según los datos etnográficos e históricos, hay testimonios de esta costumbre entre los pueblos africanos, malayo-polinesios y semíticos-hamíticos. De acuerdo a lo afirmado por el filósofo de la religión, el holandés G. van der Leeuw (1890-1950), la circuncisión es ``un rite de passage'', que simboliza tanto el nacimiento como la muerte. Esta práctica es una mutilación que, como en el caso del tatuaje, la limadura de los dientes o la perforación del himen de las doncellas, la practican los hombres a los efectos de dar poder o de renovarlo. Según sus palabras, la mayor parte de estas mutilaciones no se presentan sólo en los llamados ritos de la pubertad, sino también en las bodas, el luto y otros. Toda la vida sólo se entiende precisamente como crisis del poder”(Fenomenología de la Religión [México: Fondo de Cultura Económica, 1964] p. 187). Más específicamente, el rito de la circuncisión está asociado con la maduración sexual y social del joven al entrar en la pubertad. La literatura etnográfica, como el caso de los pueblos africanos, nos enseña que hay cuatro temas combinados en esta costumbre: la fertilidad, la virilidad, la madurez y la genealogía. Según la feliz definición de H. Eilberg-Schwartz, ``el pene es lo que convierte al joven en varón, en adulto, en padre y en continuador del linaje''. Uno podría resumir esto diciendo que ``uno debe tener un miembro para ser miembro''” (The Savage in Judaism [Bloomington and Indianapolis: Indiana University Press, 1990] p. 145; traducción mía). En el Antiguo Oriente la práctica de la circuncisión estaba ampliamente difundida. Según lo afirmado por el afamado historiador griego Heródoto de Halicarnaso (siglo V a.e.c.), el origen de la práctica habría tenido lugar en Egipto: las únicas naciones del globo que desde su origen se circuncidan son los colcos, egipcios y etíopes, puesto que los fenicios y sirios de Palestina confiesan haber aprendido de Egipto el uso de la circuncisión. [...] No sabría, empero, definir entre los egipcios y etíopes, cuál de los dos pueblos haya tomado esta costumbre del otro, viéndola en ambos muy antigua y de tiempo inmemorial. Descubro, no obstante, un indicio para mí muy notable, que me inclina a pensar que los etíopes la tomaron de los egipcios...” (II, 104; en: Los nueve libros de la Historia [Barcelona: Iberia, 1976] I, p. 139). Sin embargo, a la luz de los datos arqueológicos (se hallaron representaciones de guerreros sirios circuncisos en Siria y Egipto que datan de los comienzos del tercer milenio a.e.c.), los investigadores modernos afirman que este ritual se habría originado entre los semitas nord-occidentales, para luego ser adoptado por egipcios y hebreos. En el antiguo Israel la circuncisión era un rito de fertilidad o de esponsales. Un ejemplo en este sentido es la exigencia de los hijos de Jacob a los siquemitas, en ocasión de solicitar la mano de Dina después de que ésta fuera raptada y violada (Génesis 34:1-5): ``No podemos hacer tal cosa: dar nuestra hermana a uno que es incircunciso, porque eso es una vergüenza para nosotros. Tan sólo os la daremos a condición de que os hagáis como nosotros, circuncidándose todos vuestros varones''” (vv. 14-15). Asimismo, esta práctica habría tenido también un sentido apotropaico, destinado a aventar el mal. Una prueba de este concepto aparece en el relato oscuro sobre la circuncisión del hijo de Moisés: ``Y sucedió que en el camino le salió al encuentro Yahveh en el lugar donde pasaba la noche y quiso darle muerte. Tomó entonces Seforá un cuchillo de pedernal y, cortando el prepucio de su hijo, tocó los pies de Moisés, diciendo: Tú eres para mí esposo de sangre. Y Yahveh le soltó; ella había dicho: esposo de sangre, por la circuncisión''” (Éxodo 4:24-26). (Nota: Algunos autores afirman que esta historia misteriosa estaría relacionada con su contexto literario inmediato, a saber: el anuncio de la muerte de los primogénitos en Egipto [vv. 22-23]. De acuerdo a esta interpretación, pues, la salvación del hijo de Moisés por medio de la sangre de la circuncisión insinuaría la futura salvación de los primogénitos de Israel por medio de la sangre en las jambas y dinteles de sus casas [12:1-14].) Pero sin duda el texto emblemático sobre la circuncisión se halla presente en el libro del Génesis, cuando este ritual se convierte en señal (ot) del establecimiento de la alianza (brit) entre Yahveh y el padre de Israel: ``Dijo Dios a Abraham: Guarda, pues, mi alianza, tú y tu posteridad, de generación en generación. Esta es mi alianza que habéis de guardar entre yo y vosotros -también tu posteridad-: todos vuestros varones serán circuncidados. Os circuncidaréis la carne del prepucio, y eso será la señal de la alianza entre yo y vosotros. A los ocho días será circuncidado entre vosotros todo varón, de generación en generación, tanto el nacido en casa como el comprado con dinero a cualquier extraño que no sea de tu raza. [...] El incircunciso, el varón a quien no se le circuncide la carne de su prepucio, ese tal será borrado de entre los suyos por haber violado mi alianza''” (17:9-14. Ver también Levítico 12:3). Inspirada en el antiguo ritual asociado con la fertilidad y la progenie, la práctica de la circuncisión prescrita aquí ya no tiene un significado mágico, sino un mensaje teológico profundo: ``Dios es el que concede la fertilidad y la multiplicación de la familia: Por mi parte he aquí mi alianza contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos [...] Te haré fecundo sobremanera, te convertiré en pueblos, y reyes saldrán de ti''” (vv. 4-6). (Nota: Además de su aspecto físico, el término circuncisión” es usado en la Biblia en un sentido metafórico, como ser: incircuncisos de corazón [Jeremías 9:25]; su oído es incircunciso” [idem 6:10]; incircunciso de labios” [Éxodo 6:12]. En todos estos casos, el uso de estas expresiones indica algún tipo de incapacidad.) Según algunos biblistas, este relato habría sido compuesto por un autor sacerdotal durante la época del exilio babilónico (siglo VI a.e.c.), con el propósito de identificar los límites sociales y religiosos entre los israelitas y los babilonios incircuncisos, y de esta manera evitar su asimilación. (Nota: Aunque muchos de los pueblos que rodeaban a Israel practicaban la circuncisión [Jeremías 9:25-26], esta práctica era considerada por los antiguos hebreos un componente esencial de su identidad nacional [por ejemplo, sólo los circuncisos podían comer del cordero pascual. Cf. Éxodo 12:43-49; Josué 5:2-12]. De aquí, entonces, el tradicional motivo bíblico de oponer los israelitas circuncisos a los filisteos incircuncisos [Jueces 14:3; 15:18; 1 Samuel 14.6; 17:26; etc.]). Sin embargo, otros afirman que el interés sacerdotal por la circuncisión se habría debido también a razones intra-grupales, a saber: la necesidad del sacerdocio de definir los límites de su comunidad en términos de descendencia patrilineal y continuidad inter-generacional. (Sobre este tema, ver el análisis pormenorizado e iluminador de Eilberg-Schwartz, The Savage in Judaism, págs. 141-176). Con la llegada de los griegos y romanos al Oriente, el rito de la circuncisión pasó a ser un demarcador de límites culturales. Debido a la importancia que la cultura pagana le concedía al cuerpo en general y a la desnudez en particular, la práctica de quitar el prepucio, o simplemente el de tener al descubierto el glande o cabeza del pene, les provocaba a los griegos y romanos una verdadera repugnancia, convirtiéndose en objeto de burla y horror (Marcial, Epigramas, 7.35, 82). (Nota: Las críticas paganas contra la circuncisión obligaron a los judíos a elaborar respuestas de corte apologético para justificar la práctica ancestral. Un ejemplo en este sentido lo encontramos en los escritos del filósofo judío Filón de Alejandría [circa 20 a.e.c. - circa 50 e.c.]. Para detalles, ver su obra: Sobre las leyes particulares I, 1-11). Como consecuencia de ello, entonces, en círculos de judíos helenizados comenzaron a disimular la circuncisión por medio de técnicas diversas, con el propósito de poder disfrutar de los baños romanos o participar en los ejercicios atléticos, y así, en palabras de Flavio Josefo, ``aun con el cuerpo desnudo parecieron griegos''” (Josefo, Antigüedades Judías, XII, v, 1; en: Obras Completas de Flavio Josefo [Buenos Aires: Acervo Cultural/Editores, 1961] II, p. 289). Una de ellas fue una operación destinada a restaurar el prepucio original (epispasmo) (1 Macabeos 1:14-15). Otra técnica fue asegurar que el prepucio quedara fijo por medio del uso de un anillo o alfiler (fibula), y de esta manera no permitir que el glande estuviera al descubierto (en latín, infibulatio). Como es lógico suponer, esta actitud de los helenizantes provocó una contra-reacción entre los judíos piadosos. Un ejemplo de ello lo encontramos en el libro apócrifo de los Jubileos (una obra compuesta originalmente en hebreo para mediados del siglo II a.e.c.), cuando su autor anónimo (probablemente, de origen sacerdotal) criticaba vehementemente a los filo-helenos diciendo: ``Ahora te diré que los hijos de Israel renegarán de esta norma y sus hijos no se circuncidarán según esta ley. Dejarán parte de la carne de la circuncisión al circuncidar a sus hijos, y los hijos de Beliar dejarán a sus hijos sin circuncidar, como nacieron. Gran cólera del Señor habrá contra los hijos de Israel, porque dejaron su alianza y se apartaron de su mandato. Le han irritado, han blasfemado contra él al no cumplir la norma de esta señal, pues se hicieron como gentiles; dignos de ser apartados y desarraigados de la tierra. No tendrán, pues, perdón ni remisión de este pecado y error eternamente''” (15:33-34; en: A. Diez Macho ed., Apócrifos del Antiguo Testamento [Madrid: Ediciones Cristiandad, 1983] págs. 120-121). En respuesta a esta actitud de desdén, el autor de Jubileos desarrolló una concepción original de este ritual, según el cual Dios le habría ordenado a Abraham practicar la circuncisión para alejar a los israelitas del mal y concederles una condición cuasi-angelical: ``Todo nacido a quien no se corte la carne del miembro en el octavo día no será hijo de la ley que el Señor pactó con Abraham, sino hijo de corrupción; en él no estará la señal de pertenencia al Señor. Está destinado a la ruina y a desaparecer de la tierra y a ser desarraigado de ella, pues habrá violado la alianza con el Señor. Todos los ángeles de la faz y todos los ángeles santos tienen esta naturaleza desde el día de su creación; a la vista de los ángeles de la faz y de los ángeles santos santificó a Israel para que estuviera con él y con sus santos ángeles''” (vv. 26-27. Ver también, Documento de Damasco 16.4-6). Esta polémica entre griegos, judíos helenizados e israelitas piadosos llegó a su momento más crítico en época del rey griego Antíoco Epifanes IV (175-164 a.e.c.), cuando proclamó en su edicto anti judío, entre otras cosas, ``dejar a sus hijos incircuncisos''” (1 Macabeos 1:48). Sin embargo, los judíos hicieron caso omiso de esta prohibición, hasta el punto de dar sus vidas por este mandamiento: A las mujeres que hacían circuncidar a sus hijos las llevaban a la muerte, conforme al edicto, con sus criaturas colgadas al cuello. La misma suerte corrían sus familiares y los que habían efectuado la circuncisión” (idem 1:60-61. Cf. también 2 Macabeos 6:10). (Nota: Años más tarde, la práctica de la circuncisión habría de ser nuevamente prohibida por el emperador romano Adriano, precipitando o respondiendo a la revuelta de Bar Kojva [132-135 e.c.]). Ya en época de los Macabeos (140-63 a.e.c.), la circuncisión pasó a ser un signo distintivo de pureza y de judeidad. Una prueba en este sentido lo refleja la política hasmonea, según la cual los extranjeros residentes en territorios liberados debían circuncidarse si querían seguir viviendo en ellos. Según lo cuenta Josefo: ``Hircano se apoderó de las poblaciones de Idumea, Adora y Marisa, y sometió a todos los idumeos, a los cuales les permitió que se quedaran en su país, con tal que se circuncidaran y observaran las leyes de los judíos. Por amor a su país se circuncidaron y adoptaron las leyes de los judíos''” (Antigüedades Judías XIII, ix, 1. Ver también idem XIII, ix, 3 [Aristóbulo]). Así también, la circuncisión se transformó en una condición necesaria para la conversión de prosélitos al judaísmo. Como lo testimonia el libro apócrifo de Judit: ``Ajior (un amonita. A.R.), por su parte, viendo todo cuanto había hecho el Dios de Israel, creyó en él firmemente, se hizo circuncidar y quedó anexiado para siempre a la casa de Israel''” (14:10. Ver también, Josefo, Antigüedades Judías XX, ii, iv). Con el surgimiento del movimiento cristiano, el tema de la circuncisión se tornó en un tema de agrias disputas entre sus miembros. Algunos argumentaron que la circuncisión era necesaria como medio de obtener la salvación: ``Bajaron algunos de Judea que enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros''” (Hechos de los Apóstoles 15:1). Otros, como en el caso de Pablo y sus seguidores, afirmaban que la práctica ancestral se había vuelto irrelevante desde la venida del Cristo: Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad''” (Gálatas 5:6); ``¿Acaso Dios lo es únicamente de los judíos y no también de los gentiles? ¡Sí, por cierto! También de los gentiles; porque no hay más que un solo Dios, que justificará a los circuncisos en virtud de la fe y a los incircuncisos por medio de la fe''” (Romanos 3:29-30). Con el pasar del tiempo, la necesidad de explicar el sentido de la circuncisión no desapareció. Todavía en la época medieval, el filósofo judeo-español Maimónides (1135-1204) buscaba argumentos para justificar la práctica ancestral, aduciendo dos causas fundamentales. La primera era de carácter moral, viendo la práctica como destinada a atenuar la concupiscencia y la voluptuosidad: ``es minorar la cohabitación y mitigar el órgano, a fin de restringir su acción dejándolo en reposo lo más posible''” (Guía de los Perplejos III, 49; en: Maimónides, Guía de Perplejos [edición preparada por D. Gonzalo Maeso; Madrid: Editora Nacional, 1983] p. 540). Y la segunda razón, aún más importante, era la sociológica: hace a los que profesan la idea de la unidad de Dios que se distingan por un mismo signo corporal, impreso en todos, de manera que quien no esté integrado entre ellos no puede, por su calidad de foráneo, pretender incorporarse [...] ``Notorio es cómo los hombres se estiman y ayudan mutuamente cuando tienen todos una misma marca distintiva, que para ellos viene a ser una especie de alianza y pacto. De igual manera es una alianza pactada por Abraham nuestro padre para la creencia en la unidad de Dios, de manera que todos aquellos que se circuncidan son los únicos incorporados a la alianza abrahámica, en virtud de la cual se adquiere el compromiso de creer en la unidad...''” (idem; págs. 540-541). Desde entonces y hasta nuestros días, a pesar del proceso de secularización sufrido por el pueblo de Israel, la inmensa mayoría de los judíos ha optado por mantener incólume la práctica ancestral de la circuncisión, afirmando por media de la misma su identidad religiosa y nacional.

El Templo de Jerusalem